Schrodinger

A las nueve de la mañana, el sol californiano ya pegaba con fuerza en el asfalto recalentado de S. Gaffey Street, a la altura del 3800. Allí, al costado del camino, yacía un cuerpo. Un hombre de aspecto latino, la edad marcada en cada arruga de su rostro, aparentando unos ochenta años. Para la policía local, un indigente más, uno de tantos fantasmas que deambulan por las calles sin dejar rastro. Sin embargo, había algo que no cuadraba. Nadie en la zona recordaba haberlo visto antes. No era de los que se instalaban en las esquinas conocidas, no tenía la red de invisibles lazos que suelen unir a los sin techo.
  Pero la peculiaridad de su hallazgo iba mucho más allá de su reciente aparición. Lo encontraron metido, a la fuerza, dentro de una caja cúbica de apenas sesenta centímetros. Sus piernas, quebradas hacia adelante con una violencia escalofriante, sus brazos dislocados, su espalda partida en dos. Una macabra obra de ingeniería para que cupiera en ese ataúd improvisado.
  En un intento por identificarlo, reconstruyeron digitalmente su rostro. Una búsqueda desesperada de algún familiar, algún conocido que pudiera ponerle nombre a ese cuerpo ultrajado. El rostro que apareció en la pantalla mostraba las líneas de un hombre que, en su juventud, debió ser fuerte. Pero eran sus ojos, a pesar de la frialdad de la muerte, los que capturaron mi atención. Un brillo pícaro, un destello de astucia e inteligencia que reconocí al instante. Sí, yo, Eleuterio Caradagian, ahora un simple residente del "hogar de adultos mayores" de Junín, a miles de kilómetros de distancia, conocía esa cara. Y sabía, o al menos creía saber, quién era.
  Su nombre clave era Schrodinger. Junto a él, y otros quince individuos, formábamos una agencia secreta, un silencioso baluarte contra la tiranía del pensamiento: "La Abadía de la Orden Negra". Éramos los "Abades", dedicados a proteger los tesoros de la literatura, la sabiduría ancestral, de las garras de los "Totalitaristas", una sombra amenazante que buscaba subyugar el mundo a través del control ideológico. Su meta: un motín global que les permitiera tomar el poder.
  Éramos un grupo heterogéneo, protectores anónimos y también grandes nombres de la literatura que, dejando de lado su fama, se unieron a nuestra causa. Los nombres reales quedaban en el olvido, un escudo para proteger a nuestras familias. Aunque algunos nos reconocíamos al instante, la misión era más grande que el ego. Yo era Abacaxi, por la ananá así nombrada en las tierras de mi madre. Estaba Schrodinger. Y entre los fundadores, recuerdo con nitidez a "Macondo", el colombiano; y a "Aleph", el ciego genio de Buenos Aires, cuyo campo de batalla eran las ideas, no las calles, secuela de una misión cuyo origen se disfrazó de dolencia hereditaria. Decía, con sorna, que su ceguera fue culpa de un golpe con el postigo de su ventana.
  Había otros nombres evocadores, como "Muerto en la carretera", de Cuba, o el melancólico "Crepusculario", de Chile. Todos unidos por un mismo juramento: salvaguardar el espíritu humano de la oscuridad de los Totalitaristas.
  Fue en una misión en Estados Unidos donde mi relación con Schrodinger se hizo más cercana. Aleph nos encomendó encontrar a un informante enemigo en Denver, Colorado. No teníamos rostro, ni descripción, solo una ubicación: un anodino café en las afueras de la ciudad.
  Una vez llegados y camuflados en el entorno como simples vendedores ambulantes, Schrodinger pidió un café negro y un trozo de tarta de manzana. Yo, solo café. Hablábamos en inglés, el acento argentino sería una bandera roja en ese rincón del mundo. Y nuestras palabras estaban codificadas, un lenguaje que hacía alusión a electrodomésticos para no despertar sospechas. Nuestra apariencia, tez clara y cabello oscuro, nos permitía mimetizarnos con la multitud americana.
  En el mostrador, un hombre negro y robusto preparaba waffles con una parsimonia sorprendente, mientras una joven pelirroja servía café con una sonrisa mecánica a los clientes que llegaban. Nada parecía fuera de lo normal, al menos al principio.
  Una hora se había evaporado entre sorbos de café aguado y silenciosas observaciones. Justo cuando Schrodinger hizo un ademán para que nos levantáramos —la necesidad de no prolongar nuestra estancia era tan crucial como encontrar al informante—, la puerta se abrió, dejando entrar una figura imponente. Dos metros, calculé, con una melena de fuego rojizo que le llegaba a los hombros. Su frente amplia parecía aún mayor por las pronunciadas entradas, y una barba larga y del mismo color, curiosamente interrumpida por una solitaria mecha blanca justo bajo el labio inferior, completaba su aspecto inconfundiblemente europeo.
  Se deslizó con sorprendente agilidad para su tamaño hasta el mostrador, sus ojos claros recorriendo con desdén a los pocos clientes que quedábamos. Luego, sin el menor atisbo de sutileza, clavó su mirada en el hombre del delantal y la joven pelirroja, soltando con voz grave y resonante unas palabras en ruso que helaron el aire: “Я прибыл”. He llegado.
  Un escalofrío me recorrió la espalda. Demasiado directo. ¿Acaso no les importaba quién pudiera oírlos? El hombre de los waffles sonrió con una obsequiosidad forzada. “добро пожаловать, учитель”, respondió, su acento dejando entrever una ligera inseguridad. Le damos la bienvenida, maestro.
  El gigante entrecerró los ojos, su rostro enrojeciendo ligeramente. -Я сказал, что без свидетелей моего прибытия.- (Dije que no quería testigos cuando llegue), siseó, su ofuscación palpable. La joven se apresuró a intervenir, con una sonrisa nerviosa: -Мы это исправим сейчас, учитель- (lo solucionamos enseguida, maestro).
  Schrodinger y yo intercambiamos una mirada cargada de incredulidad. Esta torpeza era inaudita. Antes de que pudiéramos articular palabra, el sonido inconfundible del metal accionándose nos hizo reaccionar por instinto. Con un movimiento coordinado, volcamos la mesa de café, justo cuando dos ametralladoras surgían de debajo del mostrador, escupiendo una lluvia de balas. El estruendo llenó el local, ahogando los gritos de terror de los otros clientes.
  Instintivamente, me lancé detrás de la mesa volteada, sintiendo el impacto de las balas contra la madera justo encima de mi cabeza. El aire se llenó de un olor acre a pólvora y el zumbido constante de los disparos. A mi lado, Schrodinger ya estaba desenfundando su arma, su rostro una máscara de concentración.
  Por encima del tableteo de las ametralladoras, escuché un grito gutural: "¡Son de la Abadía, acabenlos!". Era el gigante, su voz resonando con furia. Sabíamos que éramos el objetivo.
  El cocinero corpulento, con una sorprendente agilidad para su tamaño, intentó levantar su ametralladora para dispararnos por encima de la mesa. Antes de que pudiera siquiera apuntar, Schrodinger disparó dos veces. Vi cómo el cuerpo del hombre se estremecía y caía pesadamente detrás del mostrador, la ametralladora deslizándose de sus manos inertes.
  La mujer, sin embargo, era otra historia. Con un movimiento felino, se impulsó sobre el mostrador y saltó hacia nuestra posición, empuñando un hachuela de cocina que brillaba ominosamente bajo las luces del café. Su rostro, antes amable, ahora estaba tenso y determinado. Me levanté a medio agachón, apuntando mi revólver, pero ella fue más rápida. Con un tajo veloz, el hachuela impactó contra mi arma, partiéndola en dos como si fuera de manteca. El metal retorcido cayó al suelo, inútil. En el mismo instante, sentí un golpe brutal en el lado izquierdo de la cabeza. La visión se nubló y caí de rodillas, un dolor punzante atravesándome el cráneo.
  Entre la niebla de dolor, alcancé a ver a la mujer arremetiendo contra Schrodinger. Él esquivaba sus ataques con una agilidad sorprendente para su edad, pero la fuerza y la precisión de ella eran innegables. Supe, por la forma en que se movía, la combinación de patadas altas y bloqueos rápidos, que no era una simple camarera. Había algo más, una disciplina marcial refinada. Justo cuando la mujer parecía tener a Schrodinger contra las cuerdas, lista para asestar un golpe mortal, un atisbo de lucidez me invadió. Con un esfuerzo supremo, me impulsé hacia adelante, lanzando una patada que impactó con fuerza en su antebrazo. Un grito ahogado salió de su garganta y el arma cayó al suelo. Ahora Schrodinger, aprovechando ese instante de apertura, le asestó una patada lateral en la sien que la desplomó inconsciente.
  El gigante, al ver a sus compañeros caer, intentó huir. Se giró bruscamente y corrió hacia la puerta. "¡No te escaparás!", rugió Schrodinger, y en el instante en que el hombre alcanzaba el pomo, le lanzó su cuchillo con una precisión letal. Vi cómo el acero brillaba en el aire antes de clavarse limpiamente en la parte superior de su brazo izquierdo. Un grito de dolor resonó en el café.
  A pesar de la herida, el gigante forcejeó con la puerta. Con la adrenalina bombeando en mis venas, me levanté tambaleándome, ignorando el dolor punzante en mi cabeza. Corrí hacia el gigante, que aún no había logrado abrir la puerta, y con todas mis fuerzas, lo golpeé en la nuca con el codo. Su cuerpo corpulento se desplomó hacia adelante, golpeando la puerta con un ruido sordo antes de caer al suelo, inconsciente.
  Un silencio denso cayó sobre el café, roto solo por nuestras jadeos agitados y algún quejido débil proveniente de los cuerpos inertes. La escena era dantesca: mesas volcadas, sillas astilladas, cristales rotos esparcidos por el suelo y un reguero oscuro de sangre que se extendía desde el mostrador hasta donde habían caído el cocinero y la mujer. El gigante yacía boca abajo cerca de la puerta, su brazo izquierdo en una posición antinatural.
  "Hay que cerrar esto", murmuró Schrodinger, su voz áspera. Nos pusimos en movimiento con una eficiencia ensayada innumerables veces. Levantamos la mesa que nos había servido de escudo y la volvimos a su posición, aunque ahora cojeaba sobre una pata rota. Corrimos las cortinas raídas de las ventanas, bloqueando la luz mortecina de la mañana y cualquier mirada curiosa desde la calle.
  Con esfuerzo, arrastramos los cuerpos pesados de los dos "Totalitaristas" hasta la cocina, un espacio pequeño y grasiento en la parte trasera del local. El cuerpo del cocinero ya estaba frío, así que lo dejamos allí por el momento. La mujer y el gigante aún respiraban, aunque inconscientes.
  Sin decir una palabra, Schrodinger señaló un rústico banco de madera. Con dificultad, colocamos a nuestros prisioneros uno al lado del otro. La determinación en el rostro de mi compañero era sombría. Sabía lo que teníamos que hacer.
  De un cajón sacó un cuchillo de carnicero afilado y una pequeña hachuela. Dudé por un instante, la brutalidad de lo que íbamos a hacer me revolvió el estómago, pero recordé los cuerpos acribillados en el salón principal, la amenaza que representaban estos individuos y su organización. No había otra opción.
  Con movimientos precisos y rápidos, Schrodinger cortó la pierna derecha de cada uno, justo por encima del tobillo. Luego, con la misma frialdad, amputó la mano izquierda de la mujer. Los gritos de dolor no tardaron en llegar, aunque amortiguados por la inconsciencia. La sangre brotó a borbotones, tiñendo el suelo de baldosas.
  "Tenemos que detener esto", dijo Schrodinger, su voz apenas un susurro. Buscó rápidamente una sartén de hierro fundido que colgaba de la pared y la puso directamente sobre la hornalla de gas, encendiéndola con una llama azul. Esperamos en silencio hasta que el metal enrojeció, emanando un calor sofocante. Con cuidado, uno a la vez, aplicamos la sartén incandescente sobre los muñones sangrantes. El olor a carne quemada llenó la cocina, haciéndome tragar saliva con dificultad. Los gritos de los prisioneros, ahora más débiles y entrecortados, se mezclaron con el siseo de la carne quemándose. Era un espectáculo horrendo, pero necesario. Teníamos que asegurarnos de que no se desangraran antes de poder interrogarlos.
  Pasaron unas dos horas. El sol comenzaba a filtrarse tímidamente por las rendijas de la cortina. Primero fue el gigante quien dio señales de despertar. Sus párpados temblaron y un gemido bajo escapó de sus labios. Sus ojos se abrieron lentamente, enfocándose en el techo mugriento. Luego su mirada descendió, encontrándose con los vendajes improvisados en el lugar donde antes estaban su pierna derecha y su brazo izquierdo. Un grito ahogado de terror y rabia llenó la cocina.
  La mujer despertó poco después, su reacción igualmente visceral. El shock y el dolor eran evidentes en sus rostros pálidos y bañados en sudor. Intentaron moverse, pero sus cuerpos mutilados se lo impidieron. La comprensión de su situación los golpeó con la fuerza de un mazazo.
  "Tenemos preguntas", dijo Schrodinger, su voz firme pero tranquila. Se acercó al gigante, que intentaba incorporarse sin éxito. "¿Dónde está el Necronomicón?".
  El ruso escupió en su dirección, un hilo de saliva carmesí deslizándose por su barba. "Nunca les diré nada, perros de la Abadía".
  La mujer se sumó a su desafío, sus ojos inyectados en furia. "Preferimos morir antes que traicionar a nuestros ideales".
  Ambos estaban entrenados, lo sabíamos. La resistencia era esperable. Schrodinger intercambió una mirada conmigo. Nuestro entrenamiento también había contemplado estas situaciones. No recurriríamos a la tortura física innecesaria, pero sabíamos cómo quebrantar su voluntad.
  Durante las siguientes dos horas, aplicamos nuestras técnicas. No se trataba de infligir dolor por placer, sino de utilizar la presión psicológica, el conocimiento de sus motivaciones y miedos, para erosionar sus defensas. Les hablamos de las consecuencias de sus actos, del caos que planeaban desatar. Schrodinger, con su mente analítica, encontraba los puntos débiles en sus convicciones. Yo, con mi conocimiento de la organización y sus métodos, podía anticipar sus respuestas y contrarrestarlas.
  Lentamente, la firmeza inicial de los prisioneros comenzó a resquebrajarse. El dolor constante, la privación de sus miembros, y la implacable presión de nuestras preguntas hicieron mella en su determinación. Finalmente, la mujer fue la primera en ceder, revelando con voz débil y entrecortada la información que tanto buscábamos. El Necronomicón. Su poder no residía en conjuros cósmicos, sino en ser la clave, el código para un plan de sublevación global meticulosamente elaborado por los Totalitaristas. Y su paradero... hasta ese momento un misterio, nos fue revelado con escalofriante claridad.
  No se trataba de magia oscura ni de invocar horrores cósmicos, sino de algo mucho más tangible y peligroso: un plan para desestabilizar el mundo. El Necronomicón era la hoja de ruta para el caos.
  "Tenemos que volver", dije, la urgencia apremiándome. "Aleph debe saber esto de inmediato".
  Schrodinger asintió, su mirada fija en los prisioneros ahora inertes. "No podemos dejarlos con vida. Demasiado riesgo".
  Con un nudo en la garganta, asentí. Sabíamos lo que teníamos que hacer. No había lugar para la piedad en este juego de sombras. Silenciosamente, pusimos fin a la vida de nuestros dos informantes, asegurándonos de que no pudieran revelar nada más.
  Luego, nos cambiamos de ropa, dejando atrás nuestras prendas manchadas de sangre en la cocina. Buscamos cualquier rastro que pudiera delatarnos y rociamos el local con el alcohol de la barra. Con una cerilla temblorosa, Schrodinger prendió fuego al café. Las llamas comenzaron a lamer las paredes y el humo denso llenó rápidamente el aire. Salimos a la calle justo cuando las ventanas comenzaban a estallar por el calor.
  Sin mirar atrás, nos dirigimos al aeropuerto. El viaje en taxi fue silencioso, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. En el avión, rumbo a Argentina, la tensión comenzaba a ceder, reemplazada por una profunda fatiga. Schrodinger permaneció callado durante todo el vuelo, su mirada perdida en el horizonte.
  Al llegar a La Abadía, fuimos recibidos por los rostros preocupados de nuestros compañeros. Aleph, con su semblante sabio nos esperaba en el salón principal.
  Le relatamos con detalle todo lo sucedido en Denver, desde el tenso ambiente del café hasta el brutal enfrentamiento y la escalofriante verdad sobre el Necronomicón. Aleph escuchó en silencio, su rostro impasible mientras absorbía cada palabra. Al finalizar nuestro relato, un profundo silencio se instaló en la sala.
  Fue Schrodinger quien rompió el silencio. Con una determinación sorprendente en su voz, dijo: "Aleph, creo que sé lo que debo hacer. Debo infiltrarme entre los Totalitaristas. Es la única manera de detenerlos desde dentro".
  Su propuesta tomó por sorpresa a todos, incluyéndome. La idea de que Schrodinger, uno de los nuestros, se adentrara voluntariamente en las filas enemigas era audaz, casi suicida. Aleph permaneció en silencio por un instante, su cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera sopesando cuidadosamente las implicaciones de la propuesta..
  Finalmente, se dirigió a Schrodinger. "Acompáñame, viejo amigo. Necesito hablar contigo a solas". Con un gesto sutil, invitó al resto de los presentes a salir de la habitación.
  Me levanté, junto con los demás, dejando a Aleph y Schrodinger a solas. La puerta se cerró tras nosotros, sumiéndonos en una tensa espera. Lo que hablaron allí quedó para siempre entre ellos dos. Solo sé que cuando Schrodinger salió de esa habitación, me estrechó la mano con una firmeza inusual, una mirada profunda y melancólica en sus ojos. Supe entonces, sin necesidad de palabras, que sería la última vez que lo vería.
  Después de eso tuve un par de misiones más para la Abadía, algunas en compañía de otros Abades, otras en solitario. Pero mi corazón ya no estaba en ello. La audacia de Schrodinger y la enigmática despedida con Aleph me habían dejado una profunda inquietud. No duré mucho más. Tras la noticia de la muerte de Aleph, en circunstancias que nunca terminaron de esclarecerse, decidí abandonar La Abadía de la Orden Negra. El peso de tanto secreto y tanta violencia se había vuelto demasiado para mí.
  Luego, llevé una vida aparentemente normal. Conseguí un trabajo en un banco aquí en Junín, me casé, tuve hijos. A nadie jamás le mencioné mi pasado en la Abadía. Era un capítulo cerrado, enterrado bajo capas de rutina y vida familiar. Hasta hoy. Ver la cara de Schrodinger en las noticias, aunque reconstruida digitalmente, despertó recuerdos que creía olvidados. Supongo que el pasado siempre encuentra la manera de alcanzarnos, tarde o temprano.
  Alguien debió haber descubierto a Schrodinger, su conexión con la Abadía. Tuvo que huir, vivir en las sombras para evitar ser capturado y delatar a los demás. Y después de años, lo encontraron. Su negativa a cooperar, su lealtad inquebrantable, seguramente le valieron una muerte brutal, precedida por la tortura. Es solo una suposición, claro, pero encaja con lo que sé de los Totalitaristas.
  Es una pena que su historia termine así, en un callejón oscuro de California, lejos de las bibliotecas y los manuscritos que tanto luchó por proteger. Pero quizás, lo peor de todo, sea la posibilidad de que nada de lo que te he contado sea verdad. Que no exista ninguna Abadía de la Orden Negra, ni ningún grupo llamado los Totalitaristas. Que este hombre nunca se llamó Schrodinger, y que nuestra misión en Denver jamás ocurrió. Que todo esto sea solo un acto de piedad, una forma de darle un sentido a la muerte sin sentido de un hombre olvidado, víctima del odio y la crueldad de un mundo que desprecia lo diferente, lo que no encaja en sus estrechos moldes.
  Podría ser así. Pero también pudo haber ocurrido todo lo que te he contado. No lo sé con certeza. Lo dejo a tu criterio.

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