Schrodinger
A las nueve de la mañana, el sol californiano ya pegaba con fuerza en el asfalto recalentado de S. Gaffey Street, a la altura del 3800. Allí, al costado del camino, yacía un cuerpo. Un hombre de aspecto latino, la edad marcada en cada arruga de su rostro, aparentando unos ochenta años. Para la policía local, un indigente más, uno de tantos fantasmas que deambulan por las calles sin dejar rastro. Sin embargo, había algo que no cuadraba. Nadie en la zona recordaba haberlo visto antes. No era de los que se instalaban en las esquinas conocidas, no tenía la red de invisibles lazos que suelen unir a los sin techo. Pero la peculiaridad de su hallazgo iba mucho más allá de su reciente aparición. Lo encontraron metido, a la fuerza, dentro de una caja cúbica de apenas sesenta centímetros. Sus piernas, quebradas hacia adelante con una violencia escalofriante, sus brazos dislocados, su espalda partida en dos. Una macabra obra de ingeniería para que cupiera en ese ataúd improvisado. En...